HOLBOX: Un refugio donde los animales nos enseñan a vivir
Hay viajes que comienzan con un boleto y una maleta, y hay otros que empiezan con una mirada. Una mirada de esas que no necesitan palabras: la de un perro que alguna vez fue olvidado y que hoy, en la isla de Holbox, vuelve a confiar.
En esta isla mágica, famosa por sus playas de ensueño, existe también un destino distinto: un refugio donde la bondad tiene olor a arena húmeda, sonido de ladridos felices y nombre propio en la voz de quienes lo levantan cada día. Ahí nos espera Samara Contreras, una mujer que junto a Morelia Montes transformó la compasión en un hogar abierto, lleno de historias que sanan.
Una semilla de amor que creció en la isla
La historia empezó con Morelia, una mujer que al llegar a Holbox descubrió que no existía ninguna educación ni ayuda de ningún tipo a los animales. Armó campañas de esterilización, tocó puertas para enseñar que un perro no debía estar amarrado, etc., y poco a poco fue recogiendo a los olvidados.
Un mapache rescatado, al que no sabían cómo atender, se convirtió en el primer símbolo de su causa. Desde entonces, perros, gatos y personas bondadosas se sumaron a esta aventura. Con el paso del tiempo, el proyecto dejó de ser un esfuerzo solitario y se convirtió en una asociación civil que hoy tiene reconocimiento internacional.
“Queríamos que nos tomaran en serio. Que no pareciera solo acumulación de animales, sino un trabajo con propósito”, me comparte Samara con firmeza y ternura a la vez.
Un refugio con las puertas abiertas
Este lugar no es un simple albergue: es un espacio a puerta abierta, donde los perros conviven libres y los visitantes recorren patios llenos de vida. No hay jaulas frías, sino grupos de compañeros que juegan bajo el sol y que en las noches descansan protegidos del clima tropical.
Sostenerlo no es fácil. “Pagamos renta cara, vivimos con el riesgo de que un día nos pidan el lugar”, confiesa Samara. Sin embargo, la comunidad se convierte siempre en sostén: donadores anónimos, turistas que acarician perritos durante sus vacaciones, amigos que traen alimento, médicos que aportan su talento, vecinos que corren a ayudar cuando hay peligro.
En Holbox, este refugio late gracias a un ejército invisible de bondad.
Ki’ichpam: la perrita que se convirtió en maestra
Entre tantas historias, hay una que ilumina todo: la de Ki’ichpam, una cachorra de cinco meses atropellada y arrastrada en el motor de un carro durante kilómetros, que llegó al refugio con la cara completamente quemada, con la columna y las patas rotas. “Ella quería vivir, quería comer, quería moverse. Al final fue nuestra alfa; educaba a los nuevos perros con solo su presencia”, recuerda Samara con la voz quebrada de emoción.
Contra todo pronóstico, Ki’ichpam encontró una familia enamorada de ella en Boston. Hoy corre feliz en una silla de ruedas, demostrando que no hay límites para el amor ni para la resiliencia.
Su nombre, que en maya significa “hermosa”, quedó grabado como testimonio de que los animales pueden cambiar no solo su destino, sino el nuestro.
Historias que nos devuelven la esperanza
Samara lo dice con claridad: “Nosotros preferimos contar las historias felices. Creemos que ya hay suficiente tristeza en el mundo”. Y es verdad. Las imágenes más poderosas no son las del abandono, sino las de perros rescatados corriendo libres en bosques, en lagunas, durmiendo sobre un sofá tibio, o recibiendo besos de niños que aprenden a mirarlos como maestros de vida.
“Un perro puede cambiarte el alma —confiesa Samara—. A mí me pasó, y lo veo en cada adopción. Cuando un perro toca tu alma, ya no puedes volver atrás”.
La comunidad que sostiene el sueño
Lo que nació como un acto solitario hoy es una familia inmensa de corazones unidos. Turistas que hacen pausas en sus vacaciones para pasear perros. Voluntarios que llegan desde otros países para limpiar, cuidar y acariciar. Vecinos que, en medio de un incendio, arriesgaron todo para salvar a ochenta animales en minutos.
“Sí, se ha logrado una gran comunidad de gente que te demuestra que el mundo no está perdido. Hay mucha gente que está esperando a que le digas cómo ayudar”, dice Samara con una sonrisa que resume lo esencial.
Viajar también es abrir el corazón
Holbox es destino de playas, sí. Pero también es destino de esperanza. Aquí, en este refugio, aprendemos que viajar no solo es descubrir paisajes, sino también dejarnos tocar por vidas que nos transforman.
Porque cuando un perro vuelve a sonreír, no solo se salva él: también se salva un pedacito de nosotros.
En Entre Destinos y Momentos creemos que estos relatos son los que hacen que un viaje valga la pena: aquellos donde la valentía de mujeres como Samara y Morelia nos recuerdan que la compasión también es un destino.